lunes, enero 22, 2007

Ilusión y Desilusión

¿Cuál será el verdadero valor de la desilusión? ¿Deberíamos sucumbir ante ella o deberíamos enfrentarla hasta que se vea remplazada por un sentimiento de renovada ilusión? De niños sabemos que nuestras fantasías son tan reales que miramos a los adultos que nos las contradicen con cierta renuencia a sus palabras, eso porque no queremos vernos en la terrible situación que sería la hipotética desilusión de aquellas fantasías que en nuestra imaginación infantil casi vemos materializadas. Pero aquel desdén hacia la hipotética desilusión final es, en sí, la punta, por así decirlo, de la desilusión misma; la posibilidad latente de la desilución, podríamos decir, es el comienzo de la desilusión, una especie de morbosa fantasía que, por su calidad sentimental (intangible), sí podemos conseguir y con la cual nos topamos repetitivamente a lo largo de nuestra niñez, hasta que la monotonía de estas desiluciones deja de sorprendernos y crea en nosotros una costra que nos resguarda de futuras desiluciones, costra que, al conseguirla, nos da el título de adultos. Pero debajo de estas costras, creadas de capas de ilusiones muertas, somos todos aún esos seres extremadamente sensibles ante todo lo que afecta nuestras fantasías negativamente y, a pesar de que nos mostremos indiferentes ante nuevas desilusiones, deseamos que estas cesen, que le dejen el paso libre a nuestras fantasías.
El proceso que crea la costra es natural, alejarse de él sería alejarse de lo que se supone que deberíamos ser en el mundo natural, no hay que sentirse culpable ante el morboso deseo de la desilusión pues es un proceso necesario si lo que deseamos es asentar nuestra existencia en el mundo material, es decir, en el planeta tierra, de otra forma estaríamos dejando de lado todo lo que es real, todo a lo que se supone que debemos aferrarnos mientras vivamos. Cuando niños somos extremadamente sensibles y todo cuanto vemos y sentimos durante la niñez quedará impreso en nosotros de manera muy profunda, será una marca que no podremos quitar de nuestra piel, será la marca que nos identificará por el resto de nuestra existencia, tal como el metal al rojo vivo marca a las reses, las impresiones que tenemos de niños nos marcan a nosotros. Pero la niñez es una etapa y , como toda etapa, debe finalizar para darle lugar a la siguiente, cada una igual de importante, pero independiente de la anterior, necesariamente independiente. Digo necesariamente independiente porque una coexistencia de estas etapas sería, no imposible (al contrario, es muy posible, y hasta común hoy en día), pero sí incorrecto, sería un impedimento para la evolución personal. Si dejamos rasgos característicos de la niñez en nuestro carácter de adultos es porque hemos hecho un empecinado esfuerzo en la dirección equivocada, hemos debilitado la formación de la costra, nos hemos esforzado en evitar enfrentar el sufrimiento de la desilusión, sufrimiento relativamente fugaz, por la tonta creencia de que las fantasías nos provocarían más placer del que nos provocaría la creación de la costra, adormecedora de futuras desilusiones, entonces continuamos sufriendo a causa de nuestras ilusiones muertas que no hallan lugar de reposo al nosotros haberle quitado la posibilidad de descansar en la costra, y el dolor que las ilusiones muertas provocan es acumulativo, de la misma manera que se acumulan unas sobre otras para formar la costra adormecedora, si no les damos lugar a que éstas la formen, se acumularán unas sobre otras para provocar un pesar constante, un sentimiento de incorrección que inconscientemente nos aquejará y no nos dará respiro emocional, nos veremos desbordando emociones por no saber ubicarlas, nos encontraremos extrañados con nuestra misma presencia, sentiremos que no pertenecemos a este mundo sin saber por qué, lo cual, en parte, será cierto, ya que nuestro ser no estará preparado para la existencia material, sino que continuará con la sensibilidad de la niñez, nuestro organismo estará captando con la misma intensidad que cuando niños todas esas cosas que vemos y que sentimos, como si lo viéramos todo por primera vez, pero seremos incapaces de sostener el peso de tanta emocionalidad ya que no hemos creado la costra adormecedora y ese desencaje constante muy probablemente no nos deje funcionar correctamente en el mundo material adulto y hasta podría provocar la demencia en los organismos especialmente débiles.
Para finalizar este breve tratado me parece que debo aclarar ciertos aspectos de la ilusión o fantasía y de la necesidad de ésta. La ilusión ES necesaria, como ya hemos visto, es necesaria la fantasía para provocar la costra que nos conducirá a la madurez espiritual (palabra que uso por primera vez en este tratado pero que creo que ayudará a comprender en este preciso punto la idea que intento comunicar), pero si no tuviese otro fin más que el de crear la costra, dirán ustedes, la fantasía es más bien una disfunción del espíritu, ¿por qué razón crearíamos, entonces, este sentimiento con el cual deberemos luchar por el resto de nuestras vidas y nos provoca más dificultades que beneficios en el mundo material? Bueno, pues, si la ilusión tuviese la única función de crear la costra, sería cierto que provocaría más daño que bien, pero la fantasía NO debe ser eliminada con la niñez, TODO LO CONTRARIO, la fantasía debe perdurar por cuanto perdure nuestra existencia y es más, me atrevo a decir que LA ILUSIÓN ES UN MOTOR QUE IMPULSA NUESTRA EXISTENCIA, la ilusión de un porvenir, la fantasía de algo mejor, de un disfrute, de un placer, es cuanto necesitamos para prolongar nuestra vida sin cuestionamientos que nos impidan el progreso personal, pues, claro, el cuestionamiento es una característica infantil, el niño quiere saber cómo funcionan las cosas, eso tampoco quiere decir que en la adultez nos debamos entregar por completo a una vida maquinal o completamente hedonista, simplemente digo que los cuestionamientos morales que impidan el funcionamiento, el progreso personal (o en ocasiones excepcionales, el progreso colectivo), deben ser eliminados por completo.

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