lunes, octubre 22, 2007

El dotor de piele

Por. Facundo Ezequiel

El enojado pitido de arribo sonó treinta y seis minutos más tarde de lo previsto, o, al menos, de lo que decía el itinerario: estos retrasos eran bien conocidos por los viajantes habitúes y los pueblerinos. El dinero no abundaba en el poblado, o al menos no era utilizado en forma de albañilería, mucho menos de ingeniería, razón que llevó al extranjero a saltar desde lo alto del vagón a tierra firme (no había un andén propiamente dicho), aunque la tierra no estaba precisamente muy firme, y el polvo levantado al aterrizar le causó una mezcla entre tos y estornudo, causa de sus alergias hacia el polvo y numerosos pólenes primaverales. El extranjero (que ahora “estosnudaba” repetidamente), como la mayoría de las personas, tenía un nombre, en este caso era Häns Dürin, y venía al pequeño poblado como médico; venía a ver a un paciente que lo había requerido especialmente a él.
Häns era un médico dermatólogo que se especializaba en todos esos extraños padecimientos que parecían sufrir sólo las clases menos favorecidas por el progreso, vale decir, las clases bajas. Quien lo había requerido el lunes pasado había sido un joven de edad imposible de precisar, algo entre los 20 y los 30 años; un hombre pequeñito, algo relleno de carnes, de tez morena y cabellos cortos y rizados. El nombre del muchacho que lo había llamado era algo así como Rubén, Roberto, Rodrigo, Alberto o Norberto. Éste lo había conectado en la ciudad, a través de un conocido en común, buscando ayuda para un tercero (o un cuarto, dado el caso). Al ver las personas que se encontraban en la estación, Häns se dio cuenta que sin saber el nombre del muchacho le resultaría imposible encontrarlo: todos los pueblerinos, incluso las mujeres, guardaban una asombrosa similitud entre sí. Así que, para no parecer rudo, Häns se alejó unos pasos del tren, y, sin mirar demasiado a su alrededor, encendió uno de sus enormes y olorosos cigarros habanos, en espera del acercamiento de algún joven de entre 20 y 30 años, rellenito, menudo en estatura, de tez morena y de cabellos cortos y rizados, que le insinúe conversación alguna. No mucho tiempo pasó hasta que sucedió lo que esperaba; un joven que entraba perfectamente en lo descrito antes se le acercó tímidamente, y Häns inquirió de forma precavida:
—¿Sí?
El joven se estremeció al escuchar la brillante voz del notable extranjero y frágilmente habló.
—Usté e’ el dotor de piele.
Häns entendió esto como una pregunta, a lo que respondió corrigiendo amablemente la pronunciación del joven.
—Sí, el doKtor. ¿UsteD... ?
—Yo me llamo Ernesto —dijo el muchacho extendiendo la mano en señal amistosa de reconocimiento. Häns le estrechó la mano en una manera aristocrática tan poco argentina que podría haber sido interpretado como fría insensibilidad ante el pesar ajeno.
—¿Le parece si ya nos ponemos en marcha? —preguntó Häns.
—No —dijo el muchacho, seriamente.
—¿No? —dijo algo desconcertado el doctor.
—No, usté se debe estar confundiendo. Quien usté espera e’ a Roberto, pero Roberto ya debe estar por venir. Me parece que había ido a la farmacia. Si quiere lo acompaño hasta allá.
—Oh, no, muchas gracias. Me parece que lo mejor será que espere aquí mismo.
—Como a usté le parejca. Un gusto, dotor. Adiós.
Häns pensó que luego de la dramática despedida, el joven se iba a marchar hacia algún lugar lejos, pero, en lugar de eso, sólo se separó de él unos pasos, acercándose a otro joven, que por su asombrosa similitud bien podría haber sido el hermano (o incluso él mismo), y comenzó a hablarle con una confianza como sólo se ve en los pequeños pueblos. El joven que tímidamente le hablaba un segundo atrás era ahora un muchacho extrovertido y un gesticulador exagerado. La ambigüedad que regía en ese poblado desde el instante en que arribó comenzó a molestarle.
El doctor continuó dándole profundas y aun rápidas pitadas a su habano, apoyando el peso de su magro cuerpo contra una viga de madera que sostenía un techo de tejas que hacía la tarea de parasol. Varios rostros que le resultaron familiares entraban y salían de la vieja estación de trenes, pero ninguno de ellos era el del joven que lo esperaba, o, mejor dicho, que lo hacía esperar. Para Häns, los habitantes se tomaban muy a la ligera las cosas, harían esperar hasta a la propia Muerte, no les importaba alterar el curso natural de la vida, ni tenían el menor respeto por la puntualidad, lo que le parecía una completa falta de civilidad.
Finalmente, tras media hora más de retraso, apareció el bendito Roberto. Era, sí, un muchacho que estaba en algún lugar entre los 20 y los 30, petiso, algo rellenito, morochito, cabellos cortos y algo enrulados. La diferencia entre Roberto y los otros Robertos del pueblo que había visto era una especie de fingida amabilidad que cubría un sentimiento de melancolía en su mirada. “O la mirada melancólica quizá sea para obligar a empatizar con su dolor y acrecentar la sensación de que se asemeja a un santo, con su amabilidad que se sobrepone a su desgracia personal”, pensó Häns al verlo, “debe tener algo que ver con la enfermiza cristiandad que tienen estos pequeños conglomerados de ignorantes”.
La imagen parecía repetirse como en un déjà vu: la mano extendida del joven de 2... años, petiso, etc.; el apretón aristocrático, frío; la mala pronunciación...
—Bienvenido, dotor.
—Gracias.
—Espero no haya estado esperando demasiado.
—No, no, para nada —mintió educadamente el doctor.
—Sepa disculparme; necesitaba comprar unos medicamentos y la farmacia...
—No se preocupe por eso, ahora estamos aquí. Lléveme con el paciente, si es tan amable.
—Sin demoras, ¿verdad?
—Sin demoras, ése es mi trabajo; no esperar demasiado.
—Sí —dijo Roberto sonriente mientras conducía a Häns con una mano en la espalda—, supongo que si usted esperara demasiado tendría más trabajo como enterrador que como médico.
Häns encontró la broma un tanto inoportuna, y se lo hizo saber con un duro silencio. Roberto lo llevó, caminando, hasta una pequeña casa a unas siete cuadras de la estación, recorrido que el doctor realizó con un pañuelo cubriendo su nariz y boca; el viento levantaba la tierra del camino y le dificultaba la respiración.
—Acá es —dijo Roberto deteniéndose ante una casa, casi un rancho, pintada de blanco y algo deteriorada.
—Bien... —suspiró el doctor Dürin, pasándose el pañuelo por la frente sudada.
—Adelante, adelante, pase usté.
Roberto empujó la puerta —que no tenía ningún tipo de cerradura, sólo un precario picaporte de lo que parecía ser viejo bronce— hacia dentro, realizando un movimiento con todo su cuerpo y colocándose espalda contra la podrida madera de ésta, dejándole vía libre al doctor para que ingrese a la humilde vivienda, y, además, sugiriéndoselo con un ademán de su brazo. Häns se internó en las penumbras de la casa, ciego por no poder acostumbrar aún la vista a la nueva oscuridad que contrastaba con la brillante tarde estival que afuera parecía reinar un mundo diferente; la atmósfera dentro era más pesada a causa del polvo pero más fresca, por lo que Häns no sintió mucha diferencia con el ambiente externo que era de aire más saludable pero sofocante en lo que al calor se refería: ambos ambientes le causaban un malestar, acrecentado por el cambio climático, extraño por lo ambiguo, pero malestar al fin.
Häns Dürin tosió convulsivamente, torciéndose hacia delante de tal manera que parecía que terminaría por vomitar sus pulmones.
—¡Epa, don! ¿Se encuentra bien? ¿Quiere un vaso de agua?
—No, no gracias. Ya se me pasa, ¿ve? —tosió fuerte una vez más y luego preguntó— ¿Podemos ir a ver al paciente, por favor?
—¿Seguro que está bien, que no quiere el agua? —indagó nuevamente Roberto, poniéndole, con ánimo benevolente, la mano en el hombro.
—Seguro —contestó secamente el doctor—. Ahora, ¿vamos?
Roberto condujo al doctor Dürin hacia una habitación que se encontraba en el fondo; el camino no era muy largo, de hecho, se podía ver la puerta de ésta desde la entrada de la casa, y el doctor lo hubiese podido hacer si los ojos se le hubiesen acostumbrado a tiempo a las penumbras.
—Aquí —dijo Roberto conduciéndolo con una mano en la espalda hacia el interior de la habitación.
—Muy amable —dijo en voz baja el doctor para evitar molestar al paciente, el cual aún no lograba discernir entre las sombras. Caminó unos pasos hacia delante de manera cuidadosa, intentando encontrar la cama donde tenía la seguridad se encontraría recostado un hombre rechoncho, petiso, de edad indefinida. Finalmente, su calzado dio un suave tropiezo contra una de las patas de la cama. Ahora se dibujaban más claramente las figuras en la habitación, y pudo ver el bulto en el colchón, descansando.
—Disculpe —se volvió rápidamente el doctor hacia donde suponía se encontraba Roberto, sorprendiéndose al encontrarlo más cerca de lo que pensaba—, ¿cuál es el nombre del paciente?
—Sócrates —respondió el joven.
—¿Sócrates? —pensó en voz alta el doctor; le parecía ridículo semejante nombre en un provinciano, tanto, que casi rió.
—Sócrates, como el filósofo —reiteró Roberto con vano orgullo provinciano.
—Sí, sí, oí hablar de él —dijo sarcásticamente el doctor. Ahora, acercándose aún más a la cabecera de la cama, inclinándose hacia delante, intentando encontrar un rostro habló nuevamente— ¿Señor Sócrates... ?
Continuaba acercándose lentamente a un rostro desdibujado, obscuro, cuando el terror lo apresó con un lazo silencioso por el cuello. Häns gritó de manera gutural, aunque lo que se oyó no era para nada un grito, sino que parecía ser una húmeda carraspera improvista, lo que, pensó, lo salvaría de parecer un cobarde. La cara de Sócrates, casi la de un cadáver en descomposición, permanecía inmóvil, descansando en la almohada con la mirada perdida en algún lado más allá de la habitación, parecía mirar al doctor Dürin cuando éste se acercó; de ahí el grito.
—El señor Sócrates tiene una manera muy particular de descansar —dijo Roberto—; duerme con los ojos abiertos, pero no se preocupe; ya se despertará.
Häns pensó que bien podría habérselo mencionado antes y así evitarle el susto.
—Esperaremos, entonces —dijo Häns, sentándose perezosamente en la silla que lindaba a la cama.

Cuando despertó sintió un fuerte dolor lumbar, causa de dormir sentado en la silla de mimbre. Le echó una mirada rápida a la cama y notó al instante que ya nadie yacía allí. Asustado se levantó apresuradamente, lo que le hizo sentir por segunda vez el dolor lumbar. “¡Santo cielo!”, exclamó Häns, pensando que no se suponía que él fuese el paciente. Apoyando su mano en la cadera, como lo hacen los viejos adoloridos que suelen andar con bastón, y realizando el mismo tipo de pasos inseguros y temblorosos, salió del cuarto en busca del joven Roberto.
Apenas cruzó la puerta del cuarto, nuevamente lo sorprendería el rostro de Roberto, que, aunque lo buscaba, no lo esperaba encontrar tan pronto.
—¡No se asuste! —le dijo el muchacho, poniéndole la mano sobre el brazo, en gesto tranquilizador.
—No lo esperaba ver así, tan de repente —jadeó el doctor—... ¿Q... qué ha... ?
—¡Ah... bueno, no quise despertarlo! Se veía que necesitaba descansar...
—¿Y... estem... ?
—¿Sócrates? No, está bien, está desayunando. Venga, acompáñenos.
Roberto guió de nuevo al doctor, esta vez a la cocina, ubicada en el único ambiente, además del dormitorio, que tenía la casa; Häns ya había estado allí —era lo primero que había visto al entrar, sólo que en penumbras, entonces, no había distinguido ni el horno, ni la mesa, ni la heladera— pero ahora era que esa habitación tomaba la verdadera forma de cocina, cuando, acostumbrado a la escasa iluminación, discernía utensilios y escarbadientes; vasos y platos.
Y a la cabecera de la mesa estaba Sócrates, el muerto viviente, con su rostro cadavérico en descomposición, masticando una galletita con mermelada de durazno. En sus cuarenta años de medicina, nunca había visto algo tan desagradable; “ese hombre no se supone que deba estar vivo”, pensó Häns.
Roberto se acercó a Sócrates, más precisamente a su oreja —al orificio donde se supone que debía estar— y en voz fuerte le dijo:
—¡Éste es el dotor Hinds Dublin; el dotor de piele!
—Este... Häns Dürin —corrigió el doctor, sonriendo nervioso, pensando en cómo podría saludar al muerto vivo, sin parecer rudo, y, por supuesto, sin tocarlo.
—¡Sí, Häns Ruben, digo! —reiteró, nuevamente errando, Roberto, al oído del muerto. Cansado, Häns se dio por vencido ante semejante ineptitud provinciana para con los nombres extranjeros y prefirió que Roberto permaneciera en su ignorancia.
Roberto puso delante del doctor una bandeja de metal oxidado con una taza que contenía un líquido negro que se animaba a llamar café; al lado de la taza apiló unas cinco galletitas de agua y acercó el frasco de mermelada que estaba del lado del cadavérico Sócrates. Häns había perdido el hambre al ver al filósofo difunto comer, pero disimuló esto probando una mordida de las galletitas y bebiendo un trago del indegustable “café”. Esta infusión, sumada a la cara del difunto en vida, podían hacer del ser de más lúcida mente, tal vez con más razón a éste, un paciente psiquiátrico. Mojó levemente los labios en la hórrida mezcla y rápido la dejó de nuevo sobre la bandeja. Simulando complacencia y el haberse saciado se levantó de la mesa, impulsado por una desesperada energía que le pedía acabar con lo que había venido a hacer lo más rápido posible.
—Me gustaría revisar al paciente ahora mismo, si no es mucha molestia —dijo el doctor con evidente impaciencia. El viejo, Sócrates, gimió de una extraña manera; el doctor pensó que tendría la suerte de verlo morir de una vez por todas. Roberto acercó la oreja a la boca del moribundo que continuaba gimiendo y luego le dijo al doctor en forma de intérprete:
—Sócrates dice que antes de empezar el diagnóstico le gustaría estar a solas con usted un rato, si no le disgusta.
Häns quedó en silencio unos largos segundos sin darse cuenta, pensaba en la mejor forma de afrontar un rato a solas con esa momia asquerosa, luego dibujó una sonrisa forzada en su rostro de una manera tan falsa que parecía que le levantasen la comisura de los labios dos anzuelos de pesca manejados por algún hilo invisible desde las alturas, como una especie de complejo títere.
—Sí —dijo—, por supuesto, cómo no...
—Bueno, bien —dijo Roberto—, entonces yo voy a hacer unos mandados y enseguida regreso —Iba saliendo pero paró en seco y volvió a girar, acercándose al doctor. Se le aproximó demasiado cerca para disgusto de éste, tan cerca que podía oler su aliento. Roberto se puso serio y luego le susurró—. Cuando le hable, hágalo cerca de su oído y en voz bien alta, que el pobre casi no oye —Después sonrió a Sócrates, levantó una mano en forma de saludo y casi gritó—. ¡Chau, don! ¡Enseguidita vuelvo, eh!
Se habían quedado solos; Sócrates y el doctor. Häns sabía que tenía que acercársele tarde o temprano; no había otra forma de hacer el trabajo; y entonces quiso ser contador o monje budista. Temeroso ante la posibilidad de un contacto físico se acercó lentamente a Sócrates, dispuesto a hablarle. Acercó su boca al orificio de su oído, donde gajos de piel muerta colgaban como si de fetas de fiambre se trataran. Häns tragó saliva y tal vez algo de hiel.
—¿DESEABA DECIRME ALGO, SEÑOR? —sintió decir en su propia voz el doctor, sorprendiéndose ante la inesperada abstracción de sí y del descomunal volumen de su voz. Luego hubo un silencio.
El viejo parecía ser poco más que un mueble inútil en esa cocina, hasta que sus labios secos se separaron con aparente dificultad (el doctor creyó ver que un pedazo de piel del labio inferior se había desprendido de su lugar original, quedándose como si fuese una horripilante migaja de pan, pegado al superior, en una fea manera) y soltó un suspiro incomprensible pero que por su modulación el doctor quiso entenderlo como palabras.
Acercó su oído a la boca de Sócrates.
... Y el cálido aliento le tocó la oreja, la cual quiso sacudir como si se le hubiese posado un mosquito. Lo evitó con un tremendo esfuerzo mental y se concentró en descifrar las palabras del viejo, si es que eso eran. El viejo repitió el suspiro otra vez...
Esta vez oyó perfectamente, pero no creyó haber oído bien; le atribuyó el malentendido al calor y luego al nombre del viejo.
Sócrates. Antiguo filósofo griego. Maestro sabio. Muerto por negarse a dejar de lado sus ideas. Eso le enseñaron en la escuela. Eso y solo sé que no se nada, las últimas palabras que pronunciaría antes de morir envenenado por la cicuta. Las palabras que estaba seguro que acababa de oír en boca del mismísimo Sócrates. Aterrado lo miró, alejándose, empujado por la sobrecogedora idea de estar sucediéndole eso a él, en ese mismo instante, en ese lugar tan irreal. ¿En qué otro lugar, pensó, si no aquí, en el lugar donde la misma existencia del Universo era dudosa, donde era posible preguntarse el sentido de la vida, de la eterna miseria? Miró al viejo filósofo y al darse cuenta de los miles de años de sabiduría que se condensaban en ese ser moribundo, milenario, no pudo más que huir rápidamente.
Roberto sintió el empujón del doctor Dürin que despavorido salía corriendo, con el rostro pálido y una expresión distorsionada de terror; tal fue la sorpresa que el joven entró abalanzándose a la humilde casa, temeroso.
—¡DON! ¿NUEVAMENTE CON ESA BROMA? —dijo claramente afectado— ¿CUÁNTAS VECES LE TENGO QUE DECIR QUE NO LO HAGA? ¡ES EL TERCER DOCTOR ESTA SEMANA... !
El viejo Sócrates, sentado en su silla predilecta en la mesa, sonrió, aun a costa de un pedazo de su labio, que no soportó la tensión muscular y se desprendió, como un pedazo de carne de más de mil años lo haría del rostro de su dueño, tan muerto como vivo.

1 comentario:

latifa dijo...

tienes razón,,,,,estás loco.
Pero dios mío,,,cómo disfruto leyéndote.
Saludos